La banda dejó más que satisfecha a la multitud que llegó a Liniers, con una convincente combinación de madurez y energía.
Si el show de Green Day hubiera terminado a los quince minutos de comenzado, casi todos se hubiesen ido satisfechos. Pero no porque la energía punk de estos californianos experimentados sature, sino porque el arranque tuvo demasiado. Llamaradas, explosiones, un primer tema arrollador como Know Your Enemy coronado por el largo beso en la boca que un pibe con una remera de Ramones le encajó a Billie Joe Armstrong tras haber burlado la seguridad para treparse al escenario. Y una arenga por parte del vocalista y guitarrista de ojos delineados, que estuvo por encima de cualquier grieta:
“Esto no es política, acá no hay ningún partido político. Esto es una fuckin’ celebración donde los freaks somos mayoría”.
Se sabe que los fans tienen un lugar de importancia en los shows de Green Day y fueron dos los más privilegiados de todos. Billie hizo subir a una chica que, con mucha soltura, se caminó todo el escenario para darle un beso a cada uno de los tres mientras cantaba los versos de Longview.
Las casi tres horas de show se redondearon con la apabullante suite Jesus of Suburbia, en lo que fue la última aparición de la banda completa (que en vivo refuerzan los músicos Jason Freese y Jeff Matika). Y un final-final con Armstrong en solitario, en plan fogón y electroacústica en mano para despedir en paz a la multitud, sin electrificarla más, con un par de baladas agridulces: 21 Guns y Good Riddance.

